Asignación en el centro de la ciudad

La vida de Monica DeLaurentis dio un vuelco cuando a los 12 años su padre murió de cáncer. Con la fundación de su familia desaparecida, recurrió a las drogas y durante los siguientes 15 años vivió en las calles de Chicago, como adicta a la cocaína y la heroína, gastando más de $500 por día para alimentar su hábito.

En 1986, a la edad de 27 años, DeLaurentis huyó de los traficantes de drogas que querían matarla porque creyeron erróneamente que ella había organizado una redada con el FBI la cual tuvo lugar en su lugar de reunión. Temerosa y sin opciones, trató de quitarse la vida. Fue entonces cuando su madre, Terry Ancev, la visitó y declaró: "Necesitas a Dios."

Hospitalizada después de su intento de suicidio, un capellán le dio a DeLaurentis una biblia.

"Sabía que necesitaba a Dios," dice DeLaurentis. “Tenía una biblia; y, ¿qué se suponía que debía hacer?” Dentro de la portada vio que el capellán había escrito el nombre y número telefónico de un programa cristiano, similar a Desafío Juvenil. Inmediatamente se inscribió, pero constantemente sintió la presión de su vida anterior. Aunque le resultaba difícil quedarse, no tenía adónde ir.

Ella aguantó, aunque todavía se sentía controlada por su deseo de consumir drogas. Nueve meses después, ella se quebró delante de Dios, cayendo al suelo, llorando. Ella dice que escuchó una pequeña voz dentro de ella que decía:Tienes razón; no puedes hacer esto; pero yo sí puedo. Cuando DeLaurentis se levantó, todo cambió. Sus ansias por las drogas desapareció, se desintoxicó y sintió el llamado de Dios en su vida. Ella sabía que se convertiría en pastora.

En 1988, ingresó a la Universidad North Central en Minneapolis. Para mantenerse financieramente como estudiante, trabajó en los refugios de la ciudad. Conoció a su esposo, Chris, en North Central, y juntos, después de su boda en 1991, trabajaron en Desafío Juvenil en Minneapolis. Aunque encontró que su trabajo allí era productivo, sintió que Dios la guiaba a hacer algo más.

"Necesitábamos ir donde estaba la gente," dice ella. Así que en 1993, para entonces ambos siendo ordenados, la pareja abrió su departamento para ministrar a las personas adictas a las drogas sin hogar.

"No me importaba quién viniera — prostitutas, drogadictos, pandilleros," dice. "Si no íbamos a ellos, ¿de qué otra forma iban a escuchar de Jesús?" Inicialmente, se presentaron 35 personas. Pero a medida que los DeLaurentis ministraban, llegaron más y más, hasta que más de 100 personas se apiñaron en su apartamento.

Durante los siguientes dos años, mantuvieron sus servicios en un antiguo cine alquilado, hasta que compraron un edificio abandonado y fundaron Centro de Vida Ministerial Cristiano de la Ciudad (CVMCC).

DeLaurentis quería que la iglesia fuese un verdadero ministerio comunitario, por lo que, además de los servicios semanales de la iglesia, CVMCC también ofrece ministerios de calle, prisión y refugio, grupos de apoyo y recuperación de adicciones, asistencia de alimentos, capacitación en habilidades personales y programas de discipulado. Hoy, DeLaurentis predica a 400 a 500 personas durante los servicios semanales de adoración en CVMCC y el centro atiende a casi 1,000 por semana. Vivir juntos es la mejor manera de alcanzar a los no alcanzados, ella cree.

Cynthia Poitra está de acuerdo. Hoy, un gerente de turno en una tienda local de alimentos, Poitra, de 37 años, ex adicta al alcohol, metanfetamina y heroína, está desintoxicada y en fuego por Cristo — gracias al ministerio de CVMCC y a DeLaurentis, que la ha estado asesorando.

"Encontré una familia cercana en esta iglesia," dice Poitra. Ella aprecia que DeLaurentis puede relacionarse con su estilo de vida.

"Ella entiende quién soy, dónde he estado," dice Poitra. “Ella es como una figura materna para mí. En el fondo, ella quiere que las personas maduren y así amen a Jesús."

DeLaurentis y su marido también sirven como misioneros domésticos en los E.U.a través de Promotores y Plantadores Misioneros de Iglesias, y han lanzado iglesias de las AD en el centro de la ciudad en varios lugares, incluyendo su ciudad natal, Chicago . "Fui criada de la ciudad para la ciudad," dice ella.

Aún así, DeLaurentis admite que después de todos estos años continúa aprendiendo. Como la mayoría de la iglesia y la comunidad son minorías étnicas, se esfuerza por comprender su perspectiva para poder ministrarles mejor. Eso a veces significa ir a las partes más difíciles de la ciudad y enfrentar a las personas más peligrosas.

"Trabajo en la calle y trabajo con pandillas, pero soy llamada para hacer esto," dice ella. “¿Qué tengo que temer? El vivir es Cristo y el morir es ganancia."




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